Dos días antes de la carrera practique la natación en el trayecto real de la competencia. Al llegar al parque Chankanaab, y caminar hacia el muelle donde sería la partida, vi que los organizadores ya habían puesto las boyas para delimitar el recorrido. Era en forma rectangular, saliendo y regresando al mismo muelle. Parada sobre la estructura de madera, mire hacia mi derecha y vi no tan lejos las boyas naranjas que señalizaban los primeros giros. Con cierto alivio, le dije a mis compañeros, “No se ven tan lejos”, pensando que si las boyas del otro lado del muelle estaban a la misma distancia, los temidos 3,800mts de natación iban a ser un paseo.
“Es que no has visto las del otro lado”, me respondió un amigo. Fue en ese momento que gire la cabeza hacia la izquierda e inicialmente no vi nada. Mi primera reacción fue pensar que no estaban puestas las boyas aun. Entonces mire detenidamente, y fruncí el ceño. En lo que parecía una distancia para hacer solo en un medio con motor, se levantaban del agua dos puntos amarillos, las que supuestamente eran las enormes boyas en el otro extremo del rectángulo. Me di cuenta que no solo sería el esfuerzo para llegar a ellas, ¡sino que iba a tener que regresar! ¡Esto era ida y vuelta!
Siempre he dicho que no tengo talento para correr, pedalear y mucho menos para nadar. Mi juventud deportiva se resume en una pésima actuación de ballet, jazz y tap, odiando cada minuto de los 11 años que me dedique al arte. También jugué tennis y me fue un poco mejor, por lo menos gané varios torneos y viaje a Costa Rica una vez a competir. Pero después que me fui a la universidad, no hice más nada. Antes de empezar a hacer triatlón, apenas podía trotar una vuelta al Parque Omar. Recuerdo siempre a un viejito que caminaba rápido y me pasaba. Bien contento me saludaba.
Con un alto nivel de stress, un nudo en la panza, y una sensación de que un fin fatídico me esperaba el domingo, pase viernes y sábado haciendo los mandados previos de un Ironman, esperando. Armé mi bici, me registré en el evento, preparé las bolsas con mi equipo y comida para el día de la carrera, entregue mi bici en el área de transición, entre otros.
A las seis y cuarenta de la mañana del día de la carrera, me encontré caminando en fila hacia el muelle siguiendo a la masa de competidores. Vi a mis papas de lejos animándome y los salude muy contenta. En el camino, me encontré a mis compañeros de equipo Fishy, Pincho y Malcolm. Decidí seguirlos por mientras que esquivaban a la gente, tratando de ubicarse lo más adelante en la fila. En lo que los seguía pensé que no era tan buena idea para mi hacer lo mismo porque al empezar la carrera, todo el mundo que ahora estaba dejando atrás, nadarían por encima mío. Después de todo, Fishy, Malcolm y Pincho eran buenísimos nadadores, y yo no. Sin embargo, estar cerca de ellos me daba tranquilidad y seguridad. Caminé un rato detrás de ellos pero sin darme cuenta los perdí.
Al llegar al final del muelle los organizadores estaban pidiendo a todos los competidores que por favor se tiraran al agua. Mire el mar varios metros debajo de mis pies, me ajuste bien mi gorra, me apreté los anteojos, y sabiendo que ya no había marcha atrás, que la hora finalmente me había llegado, angustiada, resignada, aterrada, emocionada, respire profundo, cerré los ojos y salté.
Flotando en el mar con cientos de personas a mí alrededor, todos embarcados en una misma locura, anuente de que el sol acababa de salir y que yo no iba a terminar sino hasta después que se volviera a esconder, trate de no pensar en la inmensidad de lo que se avecinaba.
Desde un micrófono escuche decir, “seven minutes to go”. Se me venían encima 3,800 kilómetros de natación, y luego distancias que aunque había hecho individualmente fondos cercanos o iguales, nunca habían sido continuos. Y aun habiéndolos hecho individualmente, había quedado exhausta al terminar cada uno. Esta vez no solo tenía que nadar esa distancia, sino pedalear 180kms y como si eso no fuese suficiente, bajarme a correr una maratón de 42.2kms.
Al segundo escuche, “4 minutes to go”. El silencio se apodero de mis oídos y una calma completa inundó el cuerpo. Por un segundo todo se detuvo. Deje de pensar, deje de sentir, deje mi cuerpo flotar mirando los rayos de sol. De repente, un ruido estremeció el mundo alrededor. Era la sirena de arranque. La carrera había empezado. Apreté el botón de “START” de mi Garmin y a nadar.
Brazadas, patadas, me hundían, yo hundía, golpe por la izquierda, golpe por la derecha, murallas de gente al frente que no me dejaban avanzar. Si frenaba me pasaban los de atrás por encima, ajetreo, respiración corta, el corazón a mil, un mar de sardinas todas luchando. Entre golpes y patadas, llegue a la primera boya para el giro y ni me di cuenta de la distancia. Durante todo este chaos, tuve que hacer un esfuerzo mental muy conciente para mantenerme calma. Sentía que cualquier pensamiento negativo en ese momento me haría entrar en pánico. Y me dije, “!Estas en un Ironman!”.
Recordé cuando desde el sofá de mi apartamento en El Salvador, tres años atrás, vi una carrera de Ironman por televisión. Pensé lo inconcebible que era realizar la hazaña y anhele alguna vez llegar a ser triatleta, un Ironman. Y ahora yo estaba muy lejos de esos días cuando todo era un sueño, en el presente, con el corazón latiendo a mil, en medio de la locura con más de dos mil otras personas luchando por avanzar en esas aguas transparentes. No lo podía creer. Estaba viviendo mi sueño.
Nade, nade, y nade. Y después de nadar, seguí nadando. Siempre tuve mucha gente a mí alrededor. Me enoje con algunos hombres que me golpearon y no me dejaron pasar, ¡no sabía que en el agua las reglas de etiqueta no existían! Seguí nadando. El agua era totalmente transparente, sabrosa. En el fondo vi corales, buzos y hasta una manta raya. Verdaderamente espectacular. Las boyas amarillas se empezaron a ver cada vez más y más grandes.
A punto de llegar a una de ellas para finalmente dar el giro de retorno, escuche los silbidos apurados de los organizadores. Algo equivocado ocurría y no sabía que era. Me detuve por completo, alce la cabeza del agua y a mi sorpresa y fastidio, me di cuenta que yo, junto a otras cien personas más, nos habíamos desviado del trayecto. Habíamos nadado hacia la boya equivocada, saltándonos la anterior del trayecto. Tuve que retroceder, nadar hacia la primera boya amarilla para luego volver hacer el recorrido que me llevo a la segunda boya del mismo color y el giro de retorno. ¡Por lo menos doscientos metros de más por gusto!
Cuando finalmente llegue al muelle, y salí del agua, mire el reloj. Una hora con once minutos. ¡Perfecto! Quería hacer entre una hora diez y una hora veinte. Con prisa pero tranquila pase por la transición, agarre mi bici y a pedalear.
Para la nutrición durante la etapa de ciclismo, llevé un termo con EFS Liquid Shot, un concentrado de carbohidratos, diluido en agua. También tenía en una bolsita varios paquetes de Honey Stinger Chews, sabor a naranja, y un sándwich de Nutella. Todo lo había probado en los entrenos con buenos resultados. Mi plan nutricional suponía ser perfecto.
Cada hora tomaría un termo completo del EFS, ó un paquete de los chews, o el sándwich de Nutella. Empecé la primera hora con los carbohidratos diluidos en agua. Sorbito a sorbito, la idea era terminarme el termo completo antes que el reloj marcara la hora. Pero inmediatamente después que tome la primera cuarta parte del termo, supe que se avecinaba un serio problema, uno de mis más grandes temores para el Ironman.
Desde que empecé hacer triatlón, hace poquito más de año y medio, y siempre en la etapa de la corrida, me dan nauseas por gases que no logro liberar por completo, causados según mi suposición, por lo que como. He cambiado varias veces de marca de geles, pero el resultado es el mismo. A medida que hago más carreras, y llevo mi cuerpo a un extremo cada vez mayor, el malestar se empeora. Para el Ironman 70.3 de Cancún, el cual hice dos meses antes de Cozumel, me tomé solo dos geles en la bici, y desde la etapa de ciclismo tuve nauseas, llegando muy deteriorada a una corrida sub óptima y muy sufrida.
Por temor a encontrarme en una situación similar en mi Ironman, me asesore con una nutricionista de CTS (Carmichael Training System) quien armó mi plan nutricional para el Ironman Cozumel. Me recomendó dejar las geles de consistencia viscosa, y cambiar a carbohidrato líquido. Durante los fondos, probé el plan y me fue muy bien. Me sentí aliviada al pensar que había resuelto el problema. Pero el fin de semana antes de Cozumel, competí en un triatlón Olímpico y el peor de mis temores se volvió a materializar. En la bici, tome el EFS diluido en agua, y cuando me baje a correr, se me vinieron las náuseas como nunca antes. Pare varias veces para tratar de hacerme vomitar pero no pude. Los diez kilómetros de ese triatlón Olímpico los corrí muy incómoda y frenada por la sensación nauseabunda que se incrementaba cada vez que aceleraba el paso y el latir de mi corazón.
Desde ese domingo previo a Cozumel, mi estómago nunca se repuso por completo. Durante la semana de la carrera, cada vez que comía, sentía la panza hinchada.
Ahora, faltando aun ciento cincuenta kilómetros, probablemente más de seis horas por pedalear y una maratón por superar, empezaron las náuseas. Varias veces me metí sin compasión los dedos hasta atrás de la garganta para aliviarme, pero aun y cuando lograba sacar algunos eructos tan fuertes que desafiaban el rugir del mar cozumeleño, el alivio solo duraba un par de segundos. Me sentí muy mal, sin ganas de pedalear para no incrementar las náuseas.
Varios kilómetros después empeore. Empecé a tener retorcijones estomacales, a tal punto que para el kilómetro 97, cuando encontré la estación de Special Needs, pare. Mi única opción era detenerme y solucionar el problema. Así como estaba no iba a poder continuar la carrera.
Trate de ir al baño y no pude. Trate de vomitar y tampoco pude. Arrinconada a un costado de las letrinas, doblada y pálida, rehusé aceptar que los meses de entrenamiento y sufrimiento acabarían de esa manera. Sabía que tenía las condiciones físicas y las ganas de seguir. Lo que ya casi no me quedaban eran las esperanzas.
Un competidor mexicano que había llegado también a la estación de ayuda, con varias libras de más, sin pinta de atleta, y de quien supuse le gustaba tomarse sus tequilazos, se me acerco sin pena y me pregunto que me pasaba. Luego de contarle, sacó del bolsillo de su pantalón un sobrecito y pasándomelo, me dijo, “tomate esto”. Como un niño a quien un extraño le ofrece un dulce, mire sospechosamente el sobrecito. En letras impresas decía, “Bicarbonato de sodio.”
Mil veces mi papa me había dicho que me lo tomara, pero como soy necia y bicarbonato de sodio no es sofisticado como Lanzopral, Omeprazole o ninguna medicina costosa, no le hice caso. Pero en ese momento, siendo mi única opción, y desesperada por resolver, acepte el ofrecimiento y me lo tome. Me volví a subir a la bici y pedalié alejándome de la estación. Fueron quince minutos los perdidos en el área de Special Needs pero tal como le dije a uno de los voluntarios, “tengo que parar o no termino esta carrera”.
Termine la segunda de las tres vueltas de bici sintiéndome mejor y menos preocupada. Seguía solamente con un poco del malestar. Pero en la tercera vuelta, luego de pasar la alegría del pueblo animando, y entrando a las rectas solitarias con viento en contra, me sentí nuevamente descorazonada.
Admito que había quedado asustada y temía que en la corrida se empeoraran las náuseas. Me molestaba ponerme en posición aerodinámica porque me sollaba con el asiento, y la rodilla derecha me pinchaba cada vez que empujaba el pedal. Sabía que si no me ponía en posición aerodinámica, el viento en contra hacia que fuera mucho más despacio. Pero no lograba sacar ni las ganas ni las energías para hacer el esfuerzo por más de un par de minutos. Iba lento, desganada, y sentía que era la última persona de la competencia. Aun y cuando tenía a más de mil competidores atrás, imaginé que ya todo el mundo me había pasado. No veía a nadie al frente ni tampoco atrás.
Inmersa en un mundo de lástima propia innecesaria, donde yo era la única triste ciclista en todo Cozumel, seguí pedaleando cuando de repente, por mi lado izquierdo, me pasó otro competidor a quien kilómetros pasados había dejado atrás. Esta vez éramos solo él y yo en esa calle asoleada, con mucho viento, y desierta. Su nombre no lo sé, ni tampoco recuerdo su número. Solo recuerdo que su ropa era toda de la marca Specialized, que su pierna izquierda era muy musculosa y fuerte, y que en reemplazo de su pierna derecha, solo había metal y el zapato de ciclismo.
Me sacudió verlo. Trate de sobre ponerme, de salir de mi hoyo mental, de meterle adrenalina a mis piernas. Cuando me paso, empecé a pedalear más duro y me puse atrás de él. Estuve tal vez un minuto a rueda cuando otro pensamiento me ataco. Me dije, “Así que chupando rueda a una persona que le falta una pierna,… buena esa Gaby”. Pero el peor y pensamiento más ruin que tuve en toda la carrera llego cuando no le pude aguantar el ritmo y me quedé atrás. Recordé todas las veces que no me levante a entrenar, aquellas veces que no complete la planilla o que durante el entrenamiento, no di mi cien por ciento. Todas esas fallas ahora se me venían encima como una roca aplastando lo poco de positivismo que quedaba en mí. En ese momento, y con vergüenza lo admito, me dije tratando de justificar mi mediocridad, “Lo que pasa es que a él no le duele la rodilla derecha”.
Faltando tres kilómetros para terminar los ciento ochenta kilómetros de ciclismo, y ya en la recta final esperando en cualquier momento encontrarme con el área de desmonte y transición, empezó a diluviar. Aunque no me asusté demasiado ya que venía acostumbrada a los entrenamientos con lluvia en Panamá, me molesto tener que bajar la velocidad significativamente. Me preocupe porque cayo mucha agua muy rápido y las calles se inundaron. Tuve que pasar por ríos de agua que cubrían por encima del perfil de la llanta. Antes de aventarme a través de ellos, dudaba si la bici pasaría. Por suerte, se portó muy bien y llegue sana, salva y muy mojada a la transición.
Dentro de la carpa, me dieron la bolsa que habíamos entregado el día anterior con nuestras cosas para correr. Me quite los anteojos de sol, el casco, los zapatos de ciclismo y me senté para ponerme mis medias de compresión y zapatillas. Veía todo nublado y me sentí levemente levitar. Una vez más, me preocupe y solo rogué que no me fuera a dar algo raro.
Estaba vestida con un top y pantalón blanco. Sin embargo, había guardado en la bolsa un pantalón negro. Había escuchado muchas historias sobre competidores que tenían “accidentes”, y yo, con un pantalón blanco, no me quería correr ningún riesgo. Pero eso ya lo había considerado antes de la carrera. Como lo más importante era estar linda y bien combinada, me decidí por el pantalón blanco a juego con mi top. Ahora, bajo esa tolda húmeda y por varias razones encontradas en la ruta hasta ese momento, cambie de parecer.
El primer incidente que me hizo reconsiderar el color del pantalón ocurrió antes de arrancar la natación. Luego de haber dejado todo listo en el área de transición, media hora antes que empezara la carrera, fui al baño. Haciendo fila para usar el único inodoro que había para las mujeres, me dijeron que no había papel higiénico. Mire mi pantalón blanco y pensé, “¡Peligro!”. Por suerte alguien me prestó papel y no tuve mayor inconveniente. Luego, cuando me detuve en el Special Needs, al entrar en ese baño, me di cuenta una vez más que tampoco había papel. Uno de los voluntarios me dio un pedacito que me pareció estaba guardando para él mismo. Una vez más me salve. Por eso, cuando me encontré frente a la opción de dar marcha atrás a mi decisión de ir toda de blanco, y sabiendo que venía una maratón donde cualquier cosa podía suceder, entre a una de las letrinas para no morir de la vergüenza al frente de todo el mundo, y con mucho cuidado de no pisar los charcos de orine, me cambie el pantalón.
Así fue como luego de seis largos minutos en el área de transición, y más de ocho horas de puro sudor y sufrimiento, salí a correr mi primera maratón, 42.2 kilómetros a pura pata.
No tenía ninguna expectativa en cuanto a tiempo, y menos después de cómo se había comportado mi estómago hasta ese momento en la carrera. Lo único que pedí fue sobrevivir. Empecé a correr esperando nauseas, piernas pesadas, latidos elevados y agonía. Hasta allí llegaba la confianza en mí misma.
Para mi sorpresa, al kilómetro de haber iniciado, mire mi reloj Garmin. Llevaba un paso por debajo de cinco kilómetros el minuto. Esa velocidad solo la lograba en intervalos, o en carreras de no más de diez kilómetros. Jamás había podido mantenerla en un fondo, ni siquiera en carreras de veintiún kilómetros. Me dije al verlo, “Gaby, con ese paso no vas a correr una maratón”, e inmediatamente me forcé a bajar el ritmo y me acomode en 5:30 kilómetros por minuto, un ritmo aun rápido para mí en esa distancia.
En ese paso me mantuve kilometro tras kilómetro casi la mitad de la maratón. Estaba muy cómoda, sin sufrimiento, piernas ligeras y nausea inexistente. Muy sorprendida de sentirme así, busque dentro de mí la explicación. Fue en esa etapa de la carrera, que me di cuenta que todo el entrenamiento y dedicación los meses previos sirvieron. Que todas esas idas y vueltas a Queso Chela y a Colon, que esos fondos de ciclismo de ciento cincuenta y doscientos kilómetros contra el sol, viento, lluvia y carros seguidos por intervalos de hasta diez y quince kilómetros corriendo, y que todas las vueltas infinitas en el Causeway, habían sido por algo. Que hasta esa vez que me según mi planilla me tocaban correr veintiocho kilómetros, pero que decidí correr diez en la mañana pensando correr los otros dieciocho en la noche, y que al enterarse mi coach me dijo, “Veintiocho kilómetros continuos son veintiocho kilómetros continuos “, y tuve que correrlos todos completos en la noche terminando el día con treinta y ocho kilómetros en las piernas, no habían sido por gusto.
Por primera vez desde que sonó la sirena de arranque, sonreí. Le sonreí a Alfredo al verlo pasar, a Fishy y a Pedro. Le sonreí a Gabriel, y a Jose. A Kareen le grite, me grito y me reí. A Cristi también le grite, más sonrisas. Por primera vez en todo ese largo día surgió dentro de mí, algo que me había faltado no solo durante los meses de entrenamiento para el Ironman, sino a lo largo de toda mi vida. Por primera vez, tuve fe en mí.
Completé las dos primeras vueltas de catorce kilómetros cada una muy animada y a muy buen ritmo. En la parte de la corrida vi de todo. Un competidor vomitando la vida en un basurero, y otro en el suelo sin moverse rodeado de paramédicos y una ambulancia. Yo solo podía agradecerle a mi cuerpo, pedirle que aguantara un poquito más y seguir corriendo. Los primeros siete kilómetros de la tercera y última vuelta, fueron los más duros Admito me dolían mucho las piernas, había oscurecido y mis amigos ya habían terminado o estaban terminando. Pero al llegar al retorno, avanzar un par más de kilómetros y entrar nuevamente al área del pueblo, supe que esa era la recta final.
Me olvide de todo, de mis dolores, de los problemas en la carrera, y seguí corriendo. Empecé a escuchar música, tambores, gritos. Y en menos de lo que me imagine, luego de una curva gire, y allí, a solo veinte metros de distancia, y después de incontables hora de entrenamiento, miles de kilómetros en las piernas, sufrimiento, lágrimas, días de más no poder, de una batalla constante de cuerpo y mente por querer lograr un objetivo impuesto por mí misma, sin razón o explicación lógica, rodeada por cientos de personas a los costados aplaudiendo, gritando y animando, estaba el final. Se me vinieron las lágrimas a los ojos, y el llanto a la garganta. Luego una gran sonrisa. Escuche a mi papa gritarme muy emocionado desde un costado. Y finalmente, luego de doce horas y cuarenta y dos minutos de carrera, con la cabeza agachada en humildad absoluta ante la inmensidad de lo que acaba de hacer, pero con los brazos arriba, orgullosa de un logro inimaginable para mí meses atrás, puse un pie delante del otro, y cruce la meta.
Por: Gaby Aued


Muy buen relato Gaby, inspirador, lleno de enseñanzas y de mucha voluntad. Te felicito por tan lindo escrito, a los que aun no hemos hecho un IM, nos sirve mucho y nos inspira. Felicidades nuevamente por haber completado tú primer IM. Un abrazo.